Obra y técnicas pictóricas de Rubens: el homero de la pintura
Hoy día, la obra y técnicas pictóricas de Rubens ocupan un lugar privilegiado en los annales del arte y la pintura. Además de pintor, Pedro Pablo Rubens fue un diestro diplomático e intelectual, su fama se infiltró en diversos territorios y reinos europeos con tanta vehemencia que autoridades como la reina María de Médici y el rey Felipe IV, cautivados por su talento, se convirtieron en sus principales mecenas.


Destacar un solo aspecto de su trayectoria parece imposible: la maestría con que se desenvolvió en campos distintos de la pintura es innegable, la experiencia que obtuvo de ellos potenció su crecimiento en círculos afines al arte. Es verdad que las habilidades enmarcadas en sus obras funcionan como argumentos para consolidarlo como uno de los grandes; sin embargo, hay otra razón, quizá tan trascendental como su destreza técnica: Rubens fue un conciliador de mundos, logró traducir voces y estrategias del pasado para responder a preguntas de su presente. En otras palabras, resolvió necesidades pictórico-filosóficas de su época con el conocimiento que obtuvo de los grandes maestros de antaño.
Fue discípulo de tres artistas: Adam van Noort, Otto van Veen y Tobías Verhaecht, aunque perfeccionó su técnica bajo la tutela de van Veen, su último maestro. Fue precisamente en aquél taller donde conoció las bases de la que se convertiría en una de sus técnicas más célebres: los bocetos al óleo.
En búsqueda de los antiguos: los múltiples viajes del pintor
Quizá la obra y técnicas pictóricas de Rubens estuvieron cimentadas sobre la curiosidad innata del pintor. Él no viajaba únicamente por cuestiones diplomáticas: su estancia en territorios clave para el desarrollo del arte estaba impulsada por el deseo de hacer frente a las obras de grandes maestros, como Miguel Ángel o Rafael.
Amberes, lugar en el que residió, estuvo en contacto con diversas culturas, pues se trataba de un puerto importante dentro del territorio; ahí desembarcaron no sólo mercancía, sino también, obras de arte, materiales para pigmentos y técnicas tradicionales. Probablemente su afinidad por la pintura (y la diplomacia) estuvo influida, en mayor medida, por los distintos pueblos con los que estuvo en contacto desde su infancia.
Después de la muerte de su padre, Rubens se vio obligado a trabajar bajo el ala de una condesa (Margarita de Ligne d’Aremberg); con ella aprendió prácticas cortesanas que más tarde serían clave para su conexión con la alta sociedad. Después, se incorporó al taller de Verhaecht, donde comenzó su trayectoria artística.
En Venecia, siendo artista independiente, estudió las obras de Tiziano, una de sus mayores influencias y de quien aprende, entre otras cosas, a manejar el pincel con soltura. Se inspira en la técnica veneciana practicada por él y por otros integrantes del círculo. Su popularidad en las cortes no hizo sino incrementar y pronto fue comisionado por diversas figuras importantes, una de ellas: la archiduquesa Isabel Clara Eugenia.
Viajó a España encomendado por la archiduquesa Isabel, donde conoció a pintores como Velázquez (si quieres conocer los detalles del encuentro, te invitamos a leer este artículo), y a magnates como el mismísimo Felipe IV quien, maravillado por sus habilidades, se convirtió en su mecenas. Además de encargarlo múltiples pinturas relacionadas con temas mitológicos, el rey adquirió y resguardó muchos otros lienzos después de la muerte del pintor.


Otra de sus mecenas más reconocidas fue María de Médici, quien le encargó la elaboración de un ciclo en su nombre y en el de su fallecido esposo, el rey Enrique IV. Este acontecimiento fue célebre no solo por el renombre de la mujer que hizo el encargo, sino también porque Rubens dejó en claro la destreza que poseía en cuestiones retóricas aplicadas tanto a la diplomacia como a la composición pictórica.
Aunque la historia es más compleja, la reina consorte realizó el encargo con un objetivo en mente: convencer a su hijo, heredero del trono, de mantenerla vinculada con las decisiones de la corona. Chacón-Palomares (2018) sugiere que el poder persuasivo de las artes era una acepción popular en aquella época, por ello, María decidió recurrir a la pintura. Rubens fue el encargado de tan compleja labor, y la desempeñó de manera loable, representando a la mujer noble en escenas alegóricas que involucraban tanto figuras celestiales (ángeles), como criaturas y personajes mitológicos (ninfas y moiras).
Desprendiéndose de la tradición: obras de Rubens
Entender la obra y técnicas pictóricas de Rubens implica situarnos en sus pies e intentar reconstruir su camino como artista. Ya establecimos que el pintor era un apasionado por el aprendizaje y que muchos de sus viajes los aprovechó para atestiguar en carne propia las maravillas que otros maestros habían plasmado en sus obras, es momento de descubrir la naturaleza de su proceso artístico y la manera en que resignificó las técnicas tradicionales.
Es cierto, pues, que aprendió de los mejores: dominó las proporciones áureas, la composición geométrica y el dibujo minucioso de la figura humana tan característicos del arte renacentista. Sin embargo, estudios como el de Varshavskaya, M. y Yegorova, X. (2019) nos muestran una dimensión holística del pintor como figura influida por su contexto sociopolítico; en este sentido, aseguran que, frente a “la noble simplicidad y la tranquila majestad” de la Antigüedad, Rubens prefería “la evocación de la carne viva” (28). Suponemos, por tanto, que la búsqueda de dinamismo surge como antítesis tanto de las estrictas normas renacentistas, como de la quietud preferida por los referentes más antiguos.


El boceto es una de esas técnicas que no sólo aprendió, sino que dominó y transformó en función de lo que requerían sus pinturas. Aunque el arte renacentista comenzaba a sincretizarse con otras propuestas estéticas, la idea de que el concepto de la obra era más importante que el cuadro finalizado seguía vigente; Peter Sutton (2004) señala que la belleza pura sólo podía existir en el plano de las ideas (probablemente por influencia del neoplatonismo, así, la invención (diseño interno) y el concetto se posicionaron como imprescindibles para el proceso de creación artística.
En este sentido, podemos hablar de dos tipos de obras: las que el propio Rubens realizó y aquellas que se encargó de supervisar. Las primeras responden al concepto convencional de pintura, en la que el artista se involucra de inicio a fin, sin intervención de externos; el segundo caso requería de los bocetos elaborados por Rubens, mismos que sus aprendices o colaboradores (como Van Dyck y Jordaens) expandían y luego calcaban sobre el lienzo.
Estudios como los del Museo del Prado señalan que sus discípulos lo ayudaban, sobre todo, a pintar elementos rutinarios y figuras secundarias en la composición: árboles, nubes, el cielo. Rubens, mientras tanto, se encargaba de supervisar que las técnicas fueran las adecuadas para mantener armonía dentro de la pintura; finalmente, intervenía pincelando los detalles en el cuadro, o bien, pintaba por completo a los personajes principales.
Sus bocetos fueron denominados de distintas formas, Sutton explica que no hay un nombre definitivo para ellos, pues el propio Rubens se refería a ellos con palabras distintas: schets, Disegnos, schizzo, diegni ad olio, schets, disegno colorito, entre muchos otros términos. Al final, todos sabían que se refería a sus pequeñas y magníficas obras de arte.
La versatilidad de sus temas también es una de sus características como pintor: plasmó escenas de índole religioso, histórico, mitológico y de aquello relacionado con la nobleza; elaboró paisajes, retratos, ilustraciones para manuscritos, entre muchos otros diseños. Expertos como Sutton mencionan, también, la existencia de los tronijen (también llamados tronie o tronien) que eran una serie de estudios enfocados en la cabeza y los rostros humanos, plasmados a manera de retrato. Naturalmente, estudió otro tipo de elementos y escenas; algunos de ellos estaban hechos con tinta, como el Descendimiento de la cruz (1611).
Pintura que respira: ¿cómo dar vida a lo inerte?
Es momento de develar los secretos de la obra y técnicas pictóricas de Rubens; para lograrlo, partiremos del propio Sutton, P. (2004), quien estudia los pormenores en las pinturas de Rubens. En primer lugar, establece que el pintor retomó la técnica de llamada “oil sketch” (boceto al óleo, por su traducción); aunque, más que una técnica, se trataba de composiciones preliminares para otras obras, realizadas en óleo (como mencionamos previamente).
Conoció la técnica en el taller de Otto van Veen, quien plasmaba sus bocetos sobre óleo café o gris monocromático, que servía, asimismo, como la preparación del lienzo, al estilo de las grisallas. Muchos otros artistas, como Tintoretto o Bassano usaban un método semejante, también partían de bocetos, pero no lo integraron a su estilo tanto como Rubens; ellos, más bien, lo usaban esporádicamente.
Al parecer, sus bocetos también evolucionaron con el tiempo: los primeros eran de mayor tamaño (a gran escala), en lienzo, de fondo oscuro, con un estilo tenebroso y de tonalidad oscura imperante. Más adelante, incluiría colores, tonalidades más luminosas y soportes de escalas menores. Probablemente estos bocetos funcionaban como cartas de presentación para sus mecenas y para demostrarle a quien lo contratara que la obra cumpliría los requerimientos tanto estéticos como de índole religiosa (o de decoro) establecidos para el pedido.
Con el tiempo, también, comenzó a experimentar con la transparencia entre las capas del óleo; esta práctica surge con los bocetos, que necesitaban de colores sugeridos sobre la grisalla; sin embargo, pronto utilizó la técnica en lienzos de etapas más avanzadas: pincelaba los colores sobre los bosquejos, "como maquillándolos", en palabras del Museo Nacional del Prado.


En cuanto a los componentes estructurales de su obra, encontramos que, para el aparejo, mezclaba yeso y cola; otras recetas requerían la cocción de harina de trigo, había que agregarle un poco de miel y aceite de linaza a la pasta resultante, pues ayudaba a eliminar la porosidad de la tela. Otras fuentes, como el Museo del Prado, explican que sus imprimaturas estaban hechas de aceite de linaza y tierras.
Para sus medios, sobre todo, los que implicaban colores luminosos como el blanco o el azul, prefería los aceites de nuez y linaza, también empleó la trementina, probablemente para diluír las capas de colores que luego aplicaría sobre los empastes. Es importante señalar que dejaba secar las capas de pintura antes de aplicar las siguientes.
Sus bosquejos se enfocaban en indicar los volúmenes y el espacio que conformarían la obra; para hacerlos, comenzaba con grisallas, o bien, utilizaba la técnica flamenca del brunaille, que es semejante a las grisallas, pero parte de sombras cafés; elaboró algunos bocetos partiendo de por tonos tierra rojizos y grises azulados. Buscaba, además, acentuar las zonas de luz y sombra; las texturas, por otra parte, las marcaba con pinceladas.
En torno a su paleta, estudios como el de Altamura, M. (2001) indican que el pintor echaba mano de pigmentos como el blanco de plomo (albayalde), que usaba para las imprimaturas y otro tipo de detalles, el bermellón, el amarillo (de plomo y estaño), el verdegris y, a veces, el minio. Empleó algunos esmaltes para intensificar el efecto de los pigmentos azules, como el ultramarino, el verditer o el azul proveniente de la lazurita.
En cuanto a tierras, usaba ocre, café, sombras, el cassel (también conocido como café de Van Dyck) y la hematita, para lograr matices rojizos; sus materiales de orígen orgánico eran el carbón, el verde savia (stil de grain), el rojo carmín y el índigo.
Pero, ¿cómo construyó esa textura tan característica en las pieles de sus personajes?


Parece ser que el detalle esbozado en las pieles, como sus pliegues o las marcas de las venas, forma parte de los elementos que nos hacen percibir la textura de las imágenes. Sin embargo, la maestría radicaba no sólo en la pincelada y la minuciosidad de sus cuerpos, sino también en las veladuras transparentes aplicadas sobre sus bosquejos; además, el pintor amasaba sus pigmentos en una mezcla fluida con diluyentes sobre la paleta, que facilitaba las transiciones suaves entre los tonos de piel.
El estudio sobre las pieles y los gestos de sus personajes fue la piedra angular de su técnica; en este sentido, no es arriesgado asegurar que la técnica de veladuras transparentes responde al deseo que sentía por pincelar pieles perfectas, más semejantes a la seda que a la carne. Probablemente fueron estas capas las que le abrieron el camino para perfilar hasta los pliegues más recónditos de los músculos, pues precisamente así se construye el órgano más grande del ser humano.
En cuanto a sus pinturas desaparecidas...
Cuando pensamos en la obra y técnica de Rubens, no nos vienen a la mente historias como la de la Gioconda u otras pinturas sin paradero; sin embargo, algunas de sus obras sufrieron un destino trágico, sobre todo, a manos de incendios, o revueltas civiles. Estos incidentes fueron, en concreto, el bombardeo de Bruselas y los incendios del Alcázar de Madrid y el Palacio de Coudenberg; la segunda guerra mundial también arrasó, sucedió con otros artistas, con muchas de las pinturas de Rubens. Entre tanto, encontramos casos en los que los retratos se perdieron rumbo a su destino.
El impacto de Rubens sobre la historia del arte
Hablar sobre la huella que la obra y técnicas pictóricas de Rubens implica dar voz a todos aquellos artistas que encontraron en el pintor una fuente de inspiración; comencemos, pues, con sus discípulos inmediatos: Van Dyck es uno de los más célebres, pues fue uno de sus aprendices, aunque prefirió la representación de figuras delgadas, en contraste con los cuerpos voluminosos característicos de Rubens.


Y la lista se extiende; Carbajal, P. (2023) señala que pintores mexicanos, como Ramón Sagredo Carreño o Cristóbal de Villalpando, también reconocieron y aplicaron en sus pinturas las técnicas perfeccionadas por el artista. Otros más, sobre todo, estudiantes de la reconocida Academia Nacional de San Carlos, como Jerónimo Viscardini se dedicaron al estudio y análisis de las obras y técnicas pictóricas de Rubens.
Hay artistas que, en principio, parecen completamente alejados de la propuesta estética planteada por el pintor; sin embargo, sus temas y técnicas retoman detalles, acepciones de lo bello y, más que nada, el enfoque sobre a figura humana de Rubens, orientados a la búsqueda de algo nuevo. Manet y Botero son un claro ejemplo de esto.
En suma, la obra y técnicas pictóricas de Rubens son reflejo del genio del pintor, no parten de escorzos esbozados en carboncillo, no son meras líneas sinsentido, más bien, cobran vida por sí mismas. Resulta, cuando menos, sorprendente entender que la grandeza del pintor recae en trasformar algo tan "soso" o "rutinario", como son los bocetos, y convertirlos en obras de arte que parecen perfectas incluso antes de llegar a convertirse en una pintura íntegra.


