Édouard Manet: el pintor de la vida moderna (primera parte)

enero 30, 2017, 6:50 PM

En un pequeño estudio del distrito de Batignolles, en Francia, Édouard Manet (1832 – 1883) pintaba a los 31 años en la Rue Gion y vivía en un apartamento cercano de tres habitaciones en la Rue de l’Hôtel de Ville. Éste era el barrio con la mayor vida Bohemia de París, con rentas de bajo costo, muchas cafeterías y gran cantidad de inmigrantes de Polonia y Alemania.

 

Carolus Duran, Retrato de Edouard Manet, óleo sobre tela, 63.5 x 45.4 cm, 1877.

 

Manet es descrito como un guapo hombre pelirrojo, ingenioso, sociable, de humor infeccioso y sumamente independiente. Sus cualidades lo hacían ser percibido como un líder entre los jóvenes artistas de la época. Nació lejos del barrio bohemio, entre la aristocracia, en el banco izquierdo del río Sena en St. Germain, que era una de las zonas más caras de la época. La casa de sus padres se encontraba al otro lado de la calle de la escuela de arte oficial, la École des Beaux-Arts (Escuela de Bellas Artes), y cruzando el río se encontraba el museo del Louvre -palacio que servía desde 1793 como museo nacional de arte de Francia. Durante su infancia, Manet fue llevado en repetidas ocasiones al Louvre por su tío materno y desde joven decidió que se convertiría en pintor.

Su padre, no obstante, tenía otros planes para su futuro: deseaba para él una carrera en leyes. Por desgracia para él, el joven Édouard no había logrado distinguirse en la escuela en ninguna materia salvo en gimnasia. De hecho, pudo terminar la escuela únicamente porque su padre conocía al director. Puesto que el arte no le estaba permitido como carrera, Manet puso su vista en la marina, en parte porque su familia estaba integrada por gran cantidad de militares. Este plan también pareció imposible cuando reprobó el examen para ingresar a la academia naval. Sin embargo, después de que se aprobara una ley que garantizaba empleo a todo aquel que pasara 18 meses sirviendo a bordo de un barco, Manet decidió abordar uno e irse a Brazil. Para cuando el barco por fin volvió, 6 meses después, el joven ya había perdido todos los deseos de formar parte de la marina.

Tras ese evento, su padre finalmente accedió a que Édouard Manet entrara a la academia de artes.

 

Edouard Manet, La Musique aux Tuileries (La Música en las Tullerías), óleo sobre tela, 76 cm × 116 cm, 1862.

 

Sin embargo, Manet no tenía ninguna intención de entrar a la Escuela de Bellas Artes. En la academia artística de la época, la originalidad y la individualidad eran desalentadas; los estudiantes aprendían anatomía y geometría, pero no exactamente a pintar. Por esta razón, Manet comenzó su instrucción artística en un estudio pequeño que pertenecía a un pintor llamado Thomas Couture, que era conocido por alentar la espontaneidad y libre expresión entre pintores jóvenes y estudiantes. Pese a ser liberal de pensamiento, Cotoure poseía un impresionante pedigree artístico académico. Era graduado de la École de Beaux-Arts, ganador del premio mas importante de la época para los estudiantes de esta escuela -el Premio de Roma-, y a la vez miembro de la legión de honor.

 

Thomas Couture, Romans during the Decadence (Romanos durante la decadencia), óleo sobre tela, 472 x 772 cm, 1847.

 

Curiosamente, el maestro de Manet no creía que su alumno fuera bueno para nada más que para dibujar caricaturas. Con todo, Manet siguió bajo la tutela de Couture por casi 6 años, de los cuales pasó muchas horas copiando grabados y pinturas en el Museo del Louvre. Entre los trabajos que copió se incluían trabajos de Diego Velázquez, uno de sus favoritos, y Giulio Romano.

Manet había sido intoxicado por el arte de siglos previos y en repetidas ocasiones realizó visitas a Florencia, Venecia, Roma, Amsterdam, Viena y Praga, haciendo bocetos en sus iglesias y museos. Viajó tres veces a Italia para copiar, entre otras obras maestras, los frescos de Rafael que se encuentran en los cuartos del Vaticano. También copió de Tiziano La Venus de Avino en Florencia. Inspirado por estos viajes planeó cuadros con personajes bíblicos y deidades mitológicas, entre los que se encontraban Moisés, Venus y la heroína griega Dánae: justamente el tipo de obras comisionadas por la academia de bellas artes.

 

Édouard Manet, The Dead Christ with Angels (Cristo muerto con ángeles), óleo sobre tela, 179.4 x 149.9 cm, 1864.

No sería hasta que Manet cumpliera 27 años que se decidió a lanzar su carrera como artista, exponiendo por primer vez en el salón de pintura del palacio de los Campos Elíseos. Este salón era un lugar un tanto extraño para que los artistas exhibieran su obra, porque sus funciones principales en realidad eran las de albergar competencias ecuestres y ferias de agricultura. Pese a lo extraño del lugar en que se llevaba a cabo, el salón era una de los eventos más atractivos de Europa en cuanto a la cantidad de gente que atraía. Abierto al público desde la primera semana de mayo y hasta alrededor de 6 semanas después, el salón albergaba miles de trabajos seleccionados por un comité especializado.

Para el primer salón en que Manet decidió participar, envió un cuadro conocido como El bebedor de Absenta, basado en un hombre que había conocido en el museo de Louvre. Lo extraño era que la pintura de Manet no retrataba a un conocedor de arte, sino a un borracho que vagaba por el museo. Sin duda, el tema distaba mucho del gusto generalizado de la época. Sin embargo, no fue lo más escandaloso de la misma, puesto que lo que realmente llamó la atención fue la manera en que estaba pintada la obra. Si la pintura de Meissonier -el pintor más famoso de la época- era delicada, detallista y representante de todos los ideales del gran arte de la época, a su lado la pintura de Manet era sumamente tosca. De brochazos gruesos y empastados, suprimiendo todos los detalles menores, su obra se acercaba de manera bastante más abstracta a la representación.

El jurado del salón de dicho año rechazó su pintura, la cual no sólo era distinta en ideología a la pintura dominante de la época, sino que parecía celebrar un estilo de vida como el que Baudelaire festejaba en su compilación de poemas Las flores del mal. Este estilo de vida, por mucho, no era la manifestación de buen gusto que muchos esperaban ver en el arte.

 

Édouard Manet, Le Buveur d’absinthe (El bebedor de Absenta), 180.5 x 105.6 cm, h. 1859.

 

Tras la respuesta a su primera participación, Manet envió dos cuadros para el siguiente salón de pintura, en 1861. Ambos con temas mucho menos controversiales, aunque técnicamente aún más distantes de los cánones de la época: la pintura El cantante español y un retrato de su padre y madre. Mientras que el retrato de sus padres recibía malas críticas de los expertos, el retrato del cantante español, que estaba inspirado en una pintura de Velázquez, atrapó la mirada del crítico más importante de la época. Este crítico, amigo y admirador de Meissonier, era Théophile Gautier, conocido por fumar hookah y por vestir sombreros de ala ancha y capas dramáticas.

Gautier se había ganado, como crítico, el respeto del público. Él era admirador, amigo y defensor de rebeldes como Victor Hugo, Delacroix y Baudelaire, tanto que Las flores del mal fue dedicado a él cuando fue publicado. Poeta y novelista por su propio derecho, Gautier se había vuelto, en las palabras de un colega crítico de la época, el escritor con mayor autoridad en el campo de la crítica artística. Una palabra favorable suya podía hacer o deshacer la carrera de un pintor. Como resultado, el extravagante crítico era bombardeado diariamente con cartas de artistas solicitando críticas.

“¡Caramba!” escribió Gautier en Le Moniteur Universel, el periódico oficial del gobierno francés, tras ver El cantante español de Manet. “Hay una gran cantidad de talento en esta figura de cuerpo completo que fue pintada libremente en colores puros y con un pincel atrevido”. Gracias a dicho comentario, el cuadro de Manet fue reposicionado en la exposición para otorgarle un mejor acceso y éste se volvió profundamente popular con las personas que visitaban el salón de pintura. La circunstancia incluso le ganó a Manet un reconocimiento oficial: una mención honorífica. Pero quizá lo más gratificante de todo fue la recepción que los artistas jóvenes tuvieron ante sus pinceladas vigorosas, su contraste certero y su aire de rebeldía frente a las convenciones de la época. El cuadro había sido pintado de una forma tan nueva y extraña, que llamó la atención de muchos de sus artistas contemporáneos.

Aún cuando Manet no había vendido en su vida ni una sola pintura, a la edad de 29 años había irrumpido con considerable estruendo en la escena artística.

 

Édouard Manet, Le chanteur espagnol (El cantante español), óleo sobre tela, 147.3 × 114.3 cm, 1860.

 

Durante la época, la pintura de desnudo era particularmente aclamada por la crítica. Pocas cosas eran tan valoradas como un bien resuelto desnudo masculino, exceptuando quizá los desnudos femeninos. Estos últimos eran conocidos como pinturas académicas -título que ninguna otra temática ostentaba-, cosa que hacía alusión a la alta estima que la academia tenía del desnudo femenino sobre todos los otros temas que la pintura pudiera retratar. Sin embargo, estos desnudos femeninos no retrataban mujeres comunes y corrientes, ni trataban de la sensualidad del cuerpo. Las mujeres retratadas eran manifestaciones de diosas, musas e ideales personificados en forma humana. Sus cuerpos siempre cumplían con los cánones estrictos de la época, puesto que un ideal sólo podía ser representado por medio de la “perfección”.

 

Édouard Manet, Le repos (El descanso), óleo sobre tela, 150.2 × 114 cm, h. 1870-71.

 

Pero cuando Manet se decidió a pintar un desnudo, lo hizo en un estilo muy diferente al acostumbrado. No sólo no intentó retratar los ideales de la época -al retratar mujeres con proporciones que además de ser imperfectas eran representadas de forma torpe. Además, buscó retratar aquello que estaba ocurriendo durante su propia época. Al igual que el pintor autodenominado realista, Gustave Courbet, Manet volteaba sus ojos lejos de los ideales de la academia y la burguesía y los ponía en aquello que con mayor fuerza atraía, no sólo su pincel, sino su intelecto. La misma actitud era profesada, tanto por Manet, como por muchos otros grandes artistas del momento.

Contrario a Dumas y Meissonier, Manet y su amigo Baudelaire quitaron sus ojos del tan preciado e idealizado pasado y los centraron en el presente; por supuesto, con justas razones. Nunca antes en la historia de Europa había habido tanta riqueza como en aquella época, riqueza que no sólo era económica, sino también cultural. Grandes cantidades de objetos extraños de otras partes del mundo llegaban todos los días a través de los puertos: arte oriental y plantas de Oceanía y América. Recientemente había sido inventada la cámara fotográfica y se habían descubierto nuevas composiciones químicas para producir nuevos pigmentos nunca antes vistos, producto de la industria. Además, ya existía el tren y Francia estaba repleta de vías que permitían realizar viajes a mayor velocidad que un caballo; se había inventado el telégrafo y la información viajaba con mayor velocidad que nunca. La visión de los artistas como Manet era que, si los pintores de la antigüedad no pintaron trenes de vapor, simplemente fue porque éstos no existían.

Como podemos darnos cuenta si analizamos a detalle la historia del arte, los más grandes movimientos artísticos de la historia abrazaron su presente y lo que éste les ofrecía, dando así lugar a las grandes obras que aún hoy en día valoramos.

 

Édouard Manet, Bañistas en el Sena, óleo sobre tela, 132 × 98 cm, 1874 – 76.

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