Caseína: de la vía láctea al muro
Mucho antes de que la pintura se organizara en técnicas reconocibles, una porción de la leche (caseína) ya podía cumplir la función decisiva de un aglutinante: convertir un polvo mineral en una película capaz de adherirse a una superficie. La evidencia más antigua conocida procede de la cueva de Sibudu, en Sudáfrica, donde análisis proteómicos identificaron caseína de bóvido silvestre en una mezcla de ocre de aproximadamente 49,000 años de antigüedad (Villa et al., Art-omics: Multi-omics Meet Archaeology and Art Conservation, 2019). Este hallazgo no permite hablar todavía de “pintura de caseína” en sentido histórico estricto, pero sí demuestra que una proteína láctea fue utilizada deliberadamente para fijar color en el Paleolítico.

La caseína es la principal familia de proteínas de la leche. Se encuentra organizada en micelas coloidales asociadas con fosfato de calcio; las fracciones αs1, αs2, β y κ-caseína se agrupan mediante interacciones hidrofóbicas, puentes de hidrógeno y enlaces mediados por calcio y fosfato (Farrell et al., The Casein Micelle: Structure and Stability, 2015). Para convertirla en aglutinante, la leche puede acidificarse hasta precipitar la caseína, que después se separa, seca y reactiva mediante agua y una sustancia alcalina como cal, bórax o amoníaco. La materia láctea deja entonces de ser alimento líquido y se convierte en una dispersión proteica capaz de formar una película mate y resistente.

Su presencia se ha documentado en distintos contextos prehistóricos y antiguos, aunque cada identificación debe evaluarse con cautela. En pinturas rupestres levantinas de la península ibérica se han encontrado péptidos de caseína compatibles con el empleo de leche animal; en pinturas egipcias, los análisis proteómicos han identificado diversas proteínas, pero no siempre permiten distinguir entre caseína, cola animal, huevo o contaminaciones posteriores (Roldán et al., Proteomic and Metagenomic Insights into Prehistoric Spanish Levantine Rock Art, 2018); (Art Institute of Chicago, The Binders That Tie: Proteins in Paint, s. f.).
La paleoproteómica ha ampliado de manera notable la historia de los aglutinantes, porque permite reconocer proteínas allí donde la apariencia visual ya no conserva indicios suficientes.
La caseína reaparece con fuerza en las tradiciones pictóricas de Egipto, Grecia y Roma, y más tarde en murales, decoraciones arquitectónicas y pinturas de caballete. Su secado rápido, su acabado mate y su compatibilidad con cargas minerales la hicieron útil para superficies que exigían una película estable y poco brillante. Al combinarse con cal, podía formar pinturas para muros y encalados; con pigmentos, producía una técnica acuosa distinta del temple de huevo y del fresco.
La historia de la caseína no es, por tanto, la de una técnica menor frente al óleo, sino la de un aglutinante que acompañó a la pintura desde sus primeras operaciones materiales y que reaparece cada vez que una cultura necesita fijar color con recursos disponibles, sencillos y químicamente eficaces.
Recetas antiguas y usos históricos
La receta más elemental de la pintura de caseína comenzaba con la separación de la cuajada. La leche se acidificaba mediante fermentación, vinagre u otro ácido; después se filtraba para retirar el suero y conservar la fracción sólida rica en caseína. Esa cuajada podía mezclarse directamente con pigmentos, pero para transformarla en un aglutinante más activo se incorporaba cal apagada, que volvía soluble la proteína y permitía formar una película adhesiva (Wadley et al., A Milk and Ochre Paint Mixture Used 49,000 Years Ago at Sibudu, 2015).
La combinación de caseína y cal es una de las formulaciones más antiguas y persistentes. La cal no funciona únicamente como carga: actúa como álcali, rompe la acidez de la caseína y favorece su dispersión en agua. En recetas posteriores también se emplearon bórax, amoníaco, carbonato de amonio o potasa; cada activador producía variaciones en la fluidez, el tiempo de trabajo y la dureza de la película (Kremer Pigmente, Casein: Lime-Casein according to Wehlte, s. f.); (Colour Pigments, Recipe for Casein Preparation, s. f.).
Los testimonios históricos relacionan la caseína con pinturas murales, revestimientos arquitectónicos, tablas, mobiliario y decoraciones de acabado mate. En Egipto, el clima seco favoreció la conservación de aglutinantes orgánicos, aunque los análisis actuales muestran que allí coexistieron caseína, huevo, gomas vegetales y colas animales; por eso no toda pintura egipcia puede clasificarse como caseínica (Research on the Organic Binders in Ancient Egyptian Painting, s. f.). Su uso artístico dependía de la superficie: sobre muro ofrecía una película rápida y resistente; sobre madera podía funcionar como temple o como base para otras capas.

Durante los siglos XVIII y XIX, la pintura de leche se sistematizó en recetas domésticas y manuales técnicos. Una formulación documentada combina leche desnatada, cal apagada, aceite de linaza o de alcaravea y blanco de España; la cal activa la caseína, el aceite modifica la flexibilidad y el carbonato de calcio aporta cuerpo y opacidad (The Rediscovery of Milk-Based House Paints and the Myth of Milk Paint, Historic New England, s. f.). Estas fórmulas muestran que la caseína no fue una técnica fija, sino una familia de medios ajustados a necesidades concretas: pintar un muro, sellar una superficie, producir una capa mate o fabricar un color resistente de bajo costo.
Caseína, pigmento y transformación de la película
Desde el punto de vista químico, la caseína es una fosfoproteína, no una sustancia única, sino un conjunto de fracciones (αs1, αs2, β y κ-caseína) organizadas en micelas junto con fosfato de calcio. Esa estructura coloidal se modifica al cambiar el pH: en condiciones alcalinas las micelas se abren, se desestabilizan y exponen grupos hidrofóbicos y funcionales capaces de interactuar con otros componentes de la pintura (Horne, Casein Micelle Structure and Stability, 2009); (Fox et al., Modifications of Structures and Functions of Caseins, 2015).
Cuando la caseína se activa con cal, bórax o amoníaco, los grupos carboxilo y fosfato de la proteína cambian su estado de ionización. En el sistema cal-caseína se forma caseinato de calcio, una sal poco soluble que contribuye a generar una película adhesiva, dura y relativamente resistente al agua una vez seca (Getty Conservation Institute, Organic Materials in Wall Paintings, s. f.). La alcalinidad, por tanto, no solo “disuelve” la caseína: reorganiza sus enlaces con el calcio y determina la manera en que la proteína pasa de dispersión acuosa a película.
La interacción con los pigmentos depende de su composición mineral. Los iones metálicos presentes en azurita, hematita, minio, malaquita o cinabrio pueden coordinarse con grupos fosfato, carboxilo y amino de la caseína. En estudios de reconstrucciones pictóricas, el pigmento modifica la estabilidad térmica de la proteína, altera su estructura secundaria y favorece procesos de agregación, hidrólisis u oxidación durante el envejecimiento (Ortega-Avilés et al., Interactions between Inorganic Pigments and Proteinaceous Binders, 2013).

El cinabrio ofrece un ejemplo especialmente claro. El sulfuro de mercurio puede formar complejos estables con las proteínas y actuar como sensibilizador de reacciones de entrecruzamiento, hidrólisis y oxidación. La película resultante no es, por ello, una mezcla pasiva de polvo y aglutinante: pigmento y caseína modifican mutuamente su estructura a lo largo del tiempo (Cotte et al., Physico-Chemical Characterization of Protein–Pigment Interactions in Tempera Paint Reconstructions, 2012).
La proporción entre pigmento y caseína también altera el comportamiento físico de la superficie. Una cantidad mayor de aglutinante puede aumentar la continuidad y la reflexión especular de la película, pero también favorecer oscurecimiento y pérdida de saturación en ciertos sistemas. Investigaciones recientes con malaquita y lapislázuli han observado que la caseína puede incrementar el brillo, reducir la luminosidad y disminuir la cromaticidad, mientras que las interacciones entre los grupos fosfato de la proteína y los iones metálicos del pigmento modifican la estabilidad térmica y la respuesta espectroscópica del recubrimiento (RSC, Multi-Analytical Characterization of the Physicochemical Properties of Protein-Based Paints, 2025).
La pintura de caseína debe entenderse, entonces, como un sistema reactivo. El pH de la preparación, la presencia de calcio, la naturaleza del pigmento, la cantidad de proteína, la humedad y la luz intervienen en la formación y el envejecimiento de la película. Su acabado mate o brillante, su dureza, su adhesión y su color final no dependen únicamente de la caseína ni del pigmento considerados por separado, sino de la red de interacciones químicas que ambos construyen desde el momento de la mezcla.
Fijar el polvo, construir la luz: la caseína entre el pastel y el taller contemporáneo
En la fórmula de fijador difundida por ttamayo, la caseína se utiliza en una proporción de 1 g por 35 ml de agua destilada, con gotas de amoníaco para favorecer su dispersión. Conviene hidratar primero el polvo y después incorporar el álcali gradualmente, mezclando hasta obtener una preparación homogénea. La publicación no especifica la concentración del amoníaco ni un número exacto de gotas: ese dato impide convertirla en una fórmula cuantitativa completamente reproducible y desaconseja añadir cantidades arbitrarias. La manipulación exige ventilación y evitar la inhalación de vapores y de la niebla de pulverización.

Su aplicación sobre pastel responde a una necesidad distinta de la del barniz: sujetar partículas sin formar una cubierta que borre la textura del polvo. El fijador se distribuye mediante pulverizaciones ligeras, dejando secar entre aplicaciones y comprobando antes su efecto en una muestra del mismo papel y los mismos colores. Una cantidad excesiva puede modificar la saturación, oscurecer tonos o reducir la apariencia aterciopelada. La caseína permite fijaciones eficaces a baja concentración, pero su película puede volverse quebradiza y progresivamente menos soluble; esas propiedades obligan a distinguir el trabajo sobre una obra propia de una intervención sobre un pastel histórico (BPG Consolidation, Fixing, and Facing, American Institute for Conservation, 2026).
En Degas, la fijación intervenía durante la elaboración: permitía conservar un estrato de pastel mientras recibía nuevos trazos, evitando que todos los colores terminaran mezclados. El estudio de En la sombrerería, del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, relaciona ese procedimiento con el fijador preparado por Luigi Chialiva y con efectos semejantes a veladuras, producidos al dejar visibles fragmentos de los estratos inferiores.
La composición exacta del producto utilizado por Degas sigue abierta a investigación; los indicios de material proteico y la patente de Chialiva y Jules Dupont de 1899 —caseína disuelta en agua con bórax y mezclada con alcohol— sostienen la hipótesis caseínica, sin identificarla automáticamente con la receta actual de ttamayo (Edgar Degas. “At the Milliner’s”. Technical Study of a Pastel, Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, s. f.).

Esa construcción por estratos conserva utilidad en el taller contemporáneo. La caseína puede emplearse para fijar carboncillo y pastel, estabilizar dibujos preparatorios o acondicionar superficies destinadas a técnicas secas; ttamayo menciona también su uso para granear el papel antes de trabajar. La elección depende de cuánto aglutinante admite la superficie sin perder absorción ni textura: fijar demasiado pronto o con demasiada intensidad puede alterar la respuesta de los trazos posteriores. El procedimiento exige observar el soporte después de cada aplicación, en lugar de tratar el fijador como una protección universal (Caseína, ttamayo, s. f.; BPG Consolidation, Fixing, and Facing, American Institute for Conservation, 2026).
Como medio pictórico, la caseína mantiene otros usos actuales: pinturas acuosas de acabado mate, mezclas de temple y retoques a secco sobre murales. En estos últimos, incorpora un aglutinante orgánico a una superficie cuya pintura original puede estar fijada por la carbonatación de la cal; el retoque deja de compartir exactamente el comportamiento del fresco y debe evaluarse como una capa distinta. Su interés reside en esa capacidad de adaptar la misma proteína a tareas diferentes: unir pigmentos en una pasta, sujetar el polvo del pastel o proporcionar adhesión a una intervención localizada (La caseína como medio de pintura, ttamayo, 2016; Pintar un mural: el proceso en fresco y en acrílico, ttamayo, 2021).

Otra superficie para el presente: posibilidades y límites de la caseína
La caseína conserva un lugar en la pintura contemporánea allí donde interesa una superficie mate, de color extendido y escasa reflexión especular. En las obras de Moira Dryer estudiadas por The Phillips Collection, el medio permite diluciones fluidas y campos cromáticos que mantienen presencia sin adquirir el brillo de una película resinosa. Su ventaja frente a ciertos acrílicos se encuentra en esa experiencia de ejecución y superficie: secado rápido, posibilidad de trabajar con agua y una apariencia que admite tanto el lavado como la opacidad (Moira Dryer’s Unusual Choice of Casein, The Phillips Collection, 2020).
La diferencia se vuelve especialmente perceptible cuando se compara la proporción de pigmento y aglutinante. Los ensayos de Golden muestran que determinadas pinturas de caseína alcanzan concentraciones pigmentarias muy altas, capaces de producir superficies cubrientes y profundamente mates. Esa cualidad interesa para ilustración, estudios cromáticos y composiciones donde los reflejos dificultarían la lectura de las relaciones tonales. La contrapartida aparece en la misma estructura: una película con poco aglutinante puede ser porosa y quebradiza; el acrílico ofrece mayor flexibilidad y mejores posibilidades para construir empastes resistentes (Pigment Volume Concentration and Its Role in Color, Golden Artist Colors, 2016).
Para el pastel, la caseína ofrece otra ventaja específica: puede fijar partículas a concentraciones bajas y provocar cambios relativamente pequeños en su saturación. Los manuales de conservación recogen esta propiedad, junto con su uso como aglutinante de pigmentos, preparaciones y recubrimientos de papel. Su progresiva insolubilización también exige cautela: una fijación útil durante la elaboración puede resultar difícil de retirar después. La conveniencia del medio depende del efecto buscado y de la posibilidad de aceptar esa transformación, particularmente cuando se trabaja sobre una obra histórica (Consolidation, Fixing, and Facing, American Institute for Conservation, s. f.).

La caseína requiere, por ello, una elección cuidadosa del soporte. Las tablas y los paneles rígidos permiten aprovechar su acabado sin someter la película a las flexiones de un lienzo tensado; las capas delgadas reducen, aunque no eliminan, los riesgos asociados a su fragilidad. Tampoco conviene atribuirle impermeabilidad universal: los conservadores de The Phillips Collection han observado sensibilidad al agua, marcas de gotas y desprendimiento de color durante pruebas de limpieza, además de vulnerabilidad a huellas y roces. Estas observaciones corrigen la idea de que su endurecimiento garantiza una superficie invulnerable (The Phillips Collection, 2020).
La investigación de recubrimientos híbridos abre un campo distinto: combinar caseína y polímeros acrílicos para ajustar dureza, formación de película y resistencia al pegado entre superficies. Estudios experimentales han encontrado mejoras mediante la modificación química de la proteína, precisamente porque su afinidad por el agua limita algunas aplicaciones industriales. Esas formulaciones no equivalen a mezclar caseína artesanal con pintura acrílica en el taller. Señalan una posibilidad contemporánea más precisa: diseñar el aglutinante según las exigencias de la obra, conservando ciertas propiedades de la proteína y corrigiendo otras mediante una formulación controlada (Enhancing the Coating Properties of Acrylic/Casein Latexes, investigación disponible en el repositorio de CONICET, s. f.).


