Una materia antigua para preparar la imagen

La cola de conejo pertenece a la familia de las colas animales elaboradas a partir de colágeno. Su uso artístico se consolidó en Europa durante la Edad Media, aunque forma parte de una tradición más extensa de adhesivos proteicos empleados en pintura, dorado, iluminación de manuscritos y carpintería. En los talleres medievales y renacentistas no era todavía un material “pictórico” en el sentido reducido del término: su función principal consistía en acondicionar el soporte y construir la superficie sobre la que después trabajarían el temple, el dorado o el óleo (Cennino Cennini, Il libro dell’arte, ca. 1400).

Cola de conejo
Cola de conejo, en placas 35 - 45 g / placa, hecha de piel de conejo, Kremer

Su presencia se vuelve especialmente visible en la pintura sobre tabla. La cola de conejo se aplicaba sobre la madera para regular su absorción y, en ocasiones, para fijar una tela fina sobre las uniones o las zonas más vulnerables del panel. Después se incorporaban capas de yeso y cola (gesso grosso y gesso sottile) que debían secarse, rasparse y pulirse hasta producir una superficie compacta, lisa y absorbente (Junta de Andalucía, Las técnicas: el cambio de paradigma). Las tablas góticas conservan en algunos casos numerosas capas de esta preparación, testimonio de un oficio en el que la superficie se construía gradualmente antes de recibir la primera pincelada.

El desarrollo del temple al huevo durante la Baja Edad Media y el Renacimiento dependió de esa preparación. La yema funcionaba como aglutinante de los pigmentos, pero necesitaba una base capaz de recibir capas delgadas y sucesivas sin desprendimientos ni irregularidades. La cola de conejo no mezclaba necesariamente el color: preparaba el campo físico de la pintura. En obras de tradición italiana, como los retablos de Fra Angelico, Botticelli o Piero della Francesca, la luminosidad y precisión del temple se relacionan también con esa superficie blanca de yeso y cola que devuelve la luz desde debajo de las capas cromáticas.

Con la expansión del óleo, la cola de conejo siguió desempeñando un papel importante, aunque sus riesgos comenzaron a hacerse más evidentes. Se utilizó como apresto para lienzos y como componente de preparaciones tradicionales, pero su carácter higroscópico (la capacidad de absorber y liberar humedad) provoca contracciones y dilataciones que pueden transmitir tensiones a las capas superiores.

En los soportes textiles, esa dinámica contribuye al endurecimiento de la tela y, con el tiempo, al craquelado de la pintura al óleo (Just Paint, Rabbit Skin Glue: Pros & Cons, 2022). Su historia, por tanto, no es solo la de una materia eficaz: también es la de una solución de taller cuyos efectos a largo plazo obligan hoy a reconsiderar la relación entre tradición, estabilidad y conservación.

De la piel al taller: hacer cola en la Edad Media

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La cola de conejo procede de la transformación de una materia que el oficio peletero dejaba en los márgenes: pieles, recortes, tendones, cartílagos y restos ricos en colágeno. La extracción consistía en limpiar y cortar esos fragmentos, remojarlos y cocerlos lentamente en agua hasta liberar la gelatina. Al enfriarse, el líquido se convertía en una masa sólida que podía cortarse y conservarse; para volver a utilizarla, se rehidrataba y se calentaba sin llegar a hervir, pues la temperatura excesiva debilitaba su capacidad adhesiva (Arte Illuminandi, Parchment Glue, 2025); (Golden Artist Colors, Rabbit Skin Glue, s. f.).

Su procedencia profesional se vincula con el curtido, la fabricación del pergamino y el trabajo de la piel, no con el taller del pintor entendido de manera aislada. Los pergamineros conocían el comportamiento de las fibras animales; los curtidores separaban, limpiaban y acondicionaban las pieles; los encuadernadores y escribas necesitaban adhesivos capaces de fijar hojas, cubiertas, pigmentos y pan de oro. La cola de conejo pertenecía a una economía artesanal en la que los residuos de una profesión se convertían en materia prima para otra.

En los monasterios, esa división de oficios era indispensable. Un scriptorium no podía producir manuscritos iluminados sin relacionarse con quienes preparaban el pergamino, fabricaban los colores, molían los pigmentos y elaboraban los adhesivos. La cola de conejo podía emplearse para tratar la piel antes de recibir la escritura, para fijar pigmentos en la iluminación o para preparar el relieve de yeso sobre el que se aplicaba el oro (Arte Illuminandi, 2025); (Lovett, Cennino’s Apprentice: On Priming, 2007). La imagen devocional dependía, por tanto, de una cadena de saberes que el manuscrito terminado suele ocultar.

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Los tratados medievales y renacentistas conservan esa continuidad entre profesiones. De diversis artibus, De arte illuminandi e Il libro dell’arte describen operaciones que exigen conocer la piel, la cola, el yeso, el soporte y el pigmento como partes de un mismo sistema (Arte Illuminandi, 2025); (Cennino Cennini, Il libro dell’arte, ca. 1400). Preparar cola de conejo no era una tarea menor ni una simple receta doméstica: era uno de los puntos donde convergían el curtidor, el pergaminero, el iluminador, el dorador y el pintor. El taller medieval funcionaba precisamente porque esos oficios compartían materiales, tiempos y conocimientos.

Colágeno transformado: estructura y comportamiento de la cola de conejo

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Molécula de colágeno - Esa arquitectura explica la resistencia original de la piel,
pero también su insolubilidad en agua fría.

La cola de conejo es un adhesivo proteico derivado de la piel del animal. Su componente fundamental es el colágeno, una proteína estructural formada por cadenas de aminoácidos en las que se repite el patrón glicina–X–Y, con una presencia especialmente alta de prolina e hidroxiprolina (Mazzuca et al., Proteomic Characterization of Collagen-Based Animal Glues for Restoration, 2022). En el tejido vivo, esas cadenas se organizan en una triple hélice estabilizada por enlaces de hidrógeno.

Para convertir el colágeno en cola de conejo, la materia se somete a calor y agua, con tratamientos ácidos o alcalinos que rompen parte de los enlaces que mantienen la triple hélice. El resultado es una hidrólisis parcial y una desnaturalización: las cadenas se separan y adoptan principalmente conformaciones desordenadas, semejantes a ovillos aleatorios. El producto soluble ya no es colágeno nativo, sino gelatina; la cola de conejo constituye una forma impura y variable de esa gelatina, acompañada por lípidos, sales, fragmentos proteicos y otros residuos del proceso de extracción (Mazzuca et al., 2022); (Rivers y Umney, Animal Glues: A Review of Their Key Properties Relevant to Conservation, s. f.).

La estructura molecular no desaparece por completo durante la transformación. Al enfriarse la solución, algunas cadenas pueden aproximarse y reorganizarse parcialmente en segmentos helicoidales; ese fenómeno, llamado renaturalización, produce la gelificación. Las cadenas también pueden recuperar cierto orden durante el secado de la película, aunque nunca vuelven de manera plena al estado del colágeno original (Giménez et al., Characterization of the Secondary Structure, Renaturation and Physical Ageing of Gelatine Adhesives, 2025). La cola de conejo endurece, por tanto, mediante una transición reversible: caliente y acuosa permanece fluida; fría forma un gel; seca se convierte en una película rígida y cohesionada.

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Su comportamiento físico depende de la distribución del peso molecular, la concentración, el pH y la temperatura. Las cadenas largas producen soluciones más viscosas y geles de mayor resistencia; las cadenas fragmentadas generan adhesivos más fluidos y películas menos fuertes. La cola de conejo suele presentar valores altos de resistencia de gel (aproximadamente entre 300 y 550 gramos Bloom en ciertas formulaciones) y puede mostrar un comportamiento pseudoplástico: su viscosidad disminuye cuando se agita o se aplica mediante brocha, pero se recupera cuando cesa la fuerza (Giménez et al., 2025).

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El agua no funciona únicamente como disolvente. Queda parcialmente retenida por los grupos polares de las proteínas y participa en la respuesta dimensional de la película. En condiciones ambientales ordinarias, las colas de gelatina pueden conservar alrededor de 12–14% de agua estructural; ante una humedad mayor, la película absorbe más, se hincha y pierde rigidez. Cuando el ambiente se seca, se contrae y aumenta su fragilidad (Rivers y Umney, s. f.). Esta sensibilidad explica su capacidad para adherir y, al mismo tiempo, su vulnerabilidad frente a fluctuaciones ambientales.

En la práctica artística, esas propiedades hacen posible su uso como apresto, adhesivo y componente del gesso. La solución caliente penetra en las fibras del lienzo o en los poros de la madera; al enfriarse y secar, forma una red que reduce la absorción y fija las cargas minerales de la preparación. La misma capacidad puede convertirse en un problema: la película endurece las fibras, responde a la humedad y transmite tensiones a las capas de óleo. La eficacia de la cola de conejo nace de esa estructura proteica; sus riesgos de conservación, también.

Uso, brochas y diferencias materiales

La cola de conejo se utiliza como apresto de lienzos y tablas, y como componente de la imprimatura de media creta. Se hidrata en agua fría durante varias horas y después se calienta a baño María, sin hervir, hasta obtener una solución fluida. Para extenderla conviene emplear una brocha ancha, plana y de pelo suave, capaz de depositar una capa uniforme sin levantar las fibras; en tablas pueden utilizarse brochas de cerda más firme, siempre que no rayen la superficie.

En una preparación destinada a imprimatura de aceite, la cola funciona primero como barrera: limita la penetración del aceite de linaza en las fibras del lienzo y ayuda a evitar que el soporte absorba de manera desigual la capa oleosa (Golden Artist Colors, Rabbit Skin Glue: How to Use, s. f.). En la imprimatura de media creta, la cola se combina con carbonato de calcio o blanco de España y, según la receta, con una proporción de aceite que modifica la absorción y la flexibilidad de la superficie. La imprimatura deja de ser una simple capa blanca: establece el grado de absorción, el “diente” y la respuesta de la pincelada.

Una vez seca la imprimatura, algunos procedimientos tradicionales incorporan formalina, una solución acuosa de formaldehído, para reticular y endurecer parcialmente las proteínas de la cola. Esa reacción reduce su solubilidad y limita la reactivación de la imprimatura cuando entra en contacto con humedad o con capas acuosas posteriores. No debe confundirse con una capa pictórica ni con un conservador doméstico: se trata de un tratamiento químico que exige concentración controlada, ventilación, guantes y protección respiratoria, pues el formaldehído es irritante, sensibilizante y potencialmente carcinógeno. La bibliografía técnica sobre cola de conejo suele advertir que las formulaciones y los tratamientos deben probarse en muestras antes de aplicarse a una obra.

Conviene distinguir tres términos. El colágeno es la proteína estructural original presente en la piel, los huesos y el tejido conectivo. La gelatina es colágeno desnaturalizado e hidrolizado: sus cadenas han perdido la triple hélice y pueden disolverse en agua caliente. La cola de conejo es un adhesivo técnico obtenido de pieles de conejo, compuesto principalmente por gelatina y otros residuos proteicos, como queratina o elastina (Museum of Fine Arts Boston, Rabbitskin Glue, 2022). La grenetina alimentaria pertenece a la misma familia de materiales, pero su pureza, fuerza de gel, pH, sales y grado de hidrólisis pueden ser distintos; por eso no debe sustituir automáticamente a una cola formulada para imprimaturas artísticas.

Permanencia, sustitución y envejecimiento

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Receta, imprimatura de media creta

Los estudios actuales ya no tratan la cola de conejo como una materia homogénea. La investigan como una familia de adhesivos colagénicos cuya respuesta depende del origen animal, el peso molecular, la proporción de hélices triples recuperadas y las condiciones de humedad. Un estudio reciente sobre colas de gelatina de piel de conejo, piel bovina, hueso y pescado encontró que una menor proporción de hélices triples se relaciona con una mayor sensibilidad al agua; el aumento de la humedad relativa reduce las temperaturas de transición vítrea y de desnaturalización de estas películas (Mazzuca et al., Gelatine Adhesives from Mammalian and Fish Origins, 2024).

La cola de conejo no puede sustituirse sin más por un polímero plástico porque no produce la misma película ni establece la misma relación con el soporte. Un polímero acrílico o vinílico puede ofrecer mayor estabilidad frente a la humedad, pero carece de la contracción, la rigidez, la absorción y la capacidad de penetración propias de una cola colagénica. En una imprimatura, esas diferencias son estructurales: modifican el tensado del lienzo, la absorción de la capa, el comportamiento del carbonato de calcio y la manera en que el óleo se fija. Sustituirla no significa cambiar un ingrediente por otro equivalente, sino cambiar el sistema material completo.

La comparación temporal requiere precisión. La cola de conejo no es indestructible ni permanece intacta durante siglos, pero se trata de uno de los elementos que permite la conservacion de la pintura: puede sufrir hidrólisis, oxidación, reticulación, pérdida de flexibilidad y cambios provocados por ciclos de humedad y temperatura. Los análisis de reconstrucciones pictóricas han mostrado que los pigmentos inorgánicos pueden disminuir su estabilidad térmica y alterar la estructura secundaria de la proteína; el envejecimiento lumínico favorece además la agregación y la degradación de las cadenas colagénicas (Prampolini et al., Interactions between Inorganic Pigments and Rabbit Skin Glue, 2015).

El acrílico en cambio, puede describirse simplemente como un material de “rápida degradación”. Su película puede permanecer funcional durante un tiempo tiempo breve, pero desde sus primeras etapas presenta problemas específicos: migración de surfactantes, sensibilidad al agua y a disolventes, cambios de brillo, acumulación de suciedad y alteraciones mecánicas por fotooxidación (Tate, Conservation Concerns for Acrylic Emulsion Paints, 2004). La cola de conejo y el acrílico envejecen de manera distinta. La primera pertenece a un sistema proteico sensible a la humedad, pero ampliamente documentado en objetos históricos centenarios; el segundo introduce una química industrial más reciente, cuyos productos, aditivos y mecanismos de envejecimiento todavía requieren estudios prolongados para establecer su comportamiento a largo plazo.

Las colas animales y sus distintos comportamientos

En pintura, dorado y conservación se han utilizado cola de conejo, hueso, piel, pescado, gelatina e ictiocola. Todas proceden de la transformación del colágeno, pero no forman películas idénticas: cambian según el tejido de origen, el grado de hidrólisis, la pureza, la fuerza de gel y la proporción de residuos minerales o grasos. La cola de pescado y la ictiocola, obtenida tradicionalmente de vejigas natatorias, suelen ofrecer buena adhesión y mayor elasticidad; las colas de piel y conejo se emplean como aprestos y en preparaciones; las de hueso tienden a producir películas más duras y menos flexibles (Conservation Wiki, BPG Adhesives, 2026); (Kremer Pigmente, Natural Animal Glues, s. f.).

La cola de cerdo ocupa una posición particular. Su elevada fuerza de gel puede producir una película muy firme y con poca capacidad de acompañar los movimientos del soporte. Por esa razón resulta útil para ciertos aprestos, sobre todo cuando se busca una barrera delgada y resistente, pero no suele ser la primera elección como medio pictórico ni para capas gruesas de preparación. Una cola con alta fuerza de gel endurece más al secar y puede transmitir tensiones a las capas superiores; en un lienzo flexible, ese comportamiento puede favorecer deformaciones, craqueladuras o levantamientos si la concentración es excesiva (Pigment Tokyo, When to Use Animal Glue, s. f.).

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La elección no depende únicamente del animal del que procede la cola. También importan la concentración, la temperatura de preparación, el pH, el tiempo de cocción y el uso final. Una cola de conejo concentrada, puede comportarse de manera menos rígida que una cola porcina diluida; una ictiocola aplicada en baja proporción puede ofrecer una película más flexible y clara que una cola de hueso.

Incluso dos productos comercializados bajo el mismo nombre de cola de conejo, pueden responder de manera distinta, por lo que la fuerza de gel, la viscosidad y la solubilidad deben evaluarse antes de incorporarlos a una imprimatura o a una intervención de conservación (Kremer Pigmente, s. f.); (Mazzuca et al., Proteomic Characterization of Collagen-Based Animal Glues for Restoration, 2022).